jueves, 1 de julio de 2010

The sweet dream of The Man Head of Pumpkin

(mis deudas al Conde, Marosa, Julio, Federico y La Negra Bien Cumbiera)



El Hombre Cabeza de Zapallo está enamorado. Tiene a Niño Muerto viviendo en su pupila. Cuando se aburre sacude las alfombras, cuelga las guirnaldas, tararea viejas canciones de los barqueros mudos del lago seco del Volga.

El Hombre Cabeza de Zapallo es periodista literario, pero por falta de trabajo, hace changas de descarne en el matadero de cerdos, en el psiquiátrico del Dr. Cerletti.

El Hombre Cabeza de Zapallo busca inquieto, cuando frecuenta las mezquitas, entre los rostros cubiertos por los burkas, el poder reconocer a La Mujer que Fuma, pero entiende que está enamorado de otra y nunca podrá arrancar ese feroz deseo, de su hígado cirrótico.

En la radio sólo se escuchan las trasmisiones de los tercer tiempos de los partidos del mundial, El Hombre Cabeza de Zapallo espera vanamente que termine esta locura y la programación regrese otra vez a la normalidad, para poder recuperar su espacio, donde habla de los libros no escritos todavía; para poder decir al aire que la busca, que hay un corte de guadaña como recompensa, para quien de datos fidedignos sobre su paradero.

Sólo la conoce a través de los grafittis callejeros que escribe furtiva, como quien escribe Patria en una dictadura. La insinúa estudiando cuidadosamente su grafía, a veces pulcra, otras veces desordenadas por el apuro. El último lo vio recién fresco, con la pintura aún chorreando entre los bordes de los ladrillos, escrito con cal en la pared sobre el Altar del Patio: “Donde están las pibas que se escapan de la casa / para ir a putear como yo / Quiero verlas con una verga en la boca / y no me importa si están por acabar”

El Hombre Cabeza de Zapallo suda copiosamente cómo la víctima que sube al cadalso, cuando repite ese poema magistral. La gelatina de ciruela que le cuelga debajo de la axila, no hace más que estimular al Cangrejo Rojo que está prendido a su rodilla y le clava persistentemente sus tenazas, lo que le obliga a caminar de forma paticoja por los cables del tendido eléctrico.

El Hombre Cabeza de Zapallo sólo sabe su nombre, porque el Niño Muerto que vive en su pupila lo repite una y otra vez, cuando escucha por la radio que hay un gol de Uruguay: “La Negra Bien Cumbiera / La Negra Bien Cumbiera / La Negra Bien Cumbiera”

El Hombre Cabeza de Zapallo es amigo íntimo del Payaso Maricón. Él le dijo una vez que los amores no correspondidos que se sufren, son como los furiosos perros de la culpa miltonianos.

Pero lo que no sabe el Payaso Maricón, es que al fondo del sendero oculto de la huerta, se halla colgando del jazmín podrido, un amuleto que previene el dolor de muelas, la angustia interminable por un hijo muerto, la dolorosa menstruación o el remordimiento que produce la traición, como por ejemplo la de haber denunciado a Erika a los patrulleros o sentenciar a viva voz: “Él fue el asesino!”.

El Hombre Cabeza de Zapallo tampoco escuchó hablar alguna vez del jodido amuleto, sólo sabe que sigue buscando incansablemente una pista que le lleve a encontrar a La Negra Bien Cumbiera. Poder decirle que su amor es verdadero y gentil como quien pisa por segunda vez a un gusano, para no escuchar más su retorcido sufrimiento. Que su amor es tan puro como la piel quemada de los ascensores muertos. Pero El Hombre Cabeza de Zapallo sufre inconsolablemente pensando en todo esto, mientras que afuera, en la ciudad, la lluvia ácida contamina y carcome las molleras a los paseantes descuidados.

Saca de la pecera a la piraña ciega y mientras esta boquea desesperadamente dando tumbos en la mesa si mantel, El Hombre Cabeza de Zapallo mirándola a los ojos vacíos le dice declamando: “Tu sufrimiento, amiga entrañable, sólo se compara con el mío” y la devuelve lentamente al agua roñosa del bidet. Y así pasa otro día más, se recuesta en la cama, somnoliento, se quita los dos zapatos izquierdos, que atormentan sus pisadas, apoya su cabeza apartando los musgos que crecen en la almohada, con un rictus sonriente, como si con este gesto noble alcanzara para que la puerta sin cerradura del tugurio donde vive, se abriera en una explosión de luz dando paso a la mujer amada, precedida por un corro de niños paralítico y tullidos murguistas enanos, que llorando todos agradecidos, le cupletearán al oído, mientras arrojan sobre los amantes, pétalos de claveles secos y clavos oxidados; ellos dirán desafinando: “Te ama, te ama, te ama!” como anticipando en el tálamo nupcial el cálido himeneo tan deseado.